sábado, 9 de junio de 2018

“La última noche” de James Salter

Una oda al minimalismo, a la elipsis y a todo lo que se va pudriendo en las relaciones humanas

Si uno lee la contraportada de La última noche (Editorial Salamandra) de James Salter, puede que a priori no nos parezca demasiado diferente a otros narradores americanos como Cheever, Carver, Yates, Ford o incluso Lucía Berlin. Sin embargo, aunque rodos aborden la clase media americana como leiv motiv de sus relatos, James Salter aborda como nadie la sutileza. Es como dice en su primer relato, en El cometa, en la escena en que un padre y un hijo se están bañando y el narrador comenta que encuentran una capa de agua cálida justo antes del agua fría. Eso es exactamente lo que pasa con la literatura de Salter. Parecen aguas cálidas y conocidas, sin estridencias ni abismos. A veces su escritura puede parecer demasiado formal y alejada. Pero debajo del agua cálida encontramos misterios insondables entre matrimonios, borracheras, fornicaciones, infidelidades. Puede que las situaciones no sean nuevas, en efecto, pero Salter aborda la putrefacción de las relaciones humanas a lo largo del tiempo.

Y lo hace mediante una instantánea, en la que la elipsis, todo lo que no se dice, tiene mucha más importancia que lo obvio. En ella, juega con los símbolos, los abraza y los trastoca, poniendo patas arriba toda la aparente seguridad y el status quo de la sociedad americana, tantas veces retratada y criticada, desde el ya mencionado Cheever hasta American Beauty o Mujeres Desesperadas. Tal vez sus personajes sean un quiero y no puedo. Son mujeres de mediana edad a las que ya se les empiezan a marcar las arrugas debajo del maquillaje. Hombres capaces que renunciaron a sus sueños y se ven abocados a matrimonios sin amor de los que sólo buscan huir. Y los que triunfan, los guionistas o los poetas, tampoco salen mejor parados.

Y qué decir de los hijos, que cuando aparecen tienen dificultades para leer, o sufren infidelidades o simplemente son un adorno más en el traje de novia del segundo matrimonio de su madre. Y lo mismo pasa con las mascotas. Parece que el papel de los débiles en el mundo de Salter es ese, ser comparsas, resaltar con su pureza la mediocridad de todo lo que les rodea. Y esa tarea no es baladí. Es como si esa perfecta clase media americana, con sus barbacoas, sus picnics del Cuatro de Julio y su mano puesta en el corazón durante el himno estuviera infectada por un cáncer en el centro mismo de su ser. Y por eso, al igual que la mujer de La última noche, relato que cierra el libro, pide que la ayuden a morir para terminar con su dolor, como si fuera un perro o un caballo herido. Bajo las urbanizaciones de la Costa Este hay corrientes de maldad y temor, como ya sabía David Lynch.

Por eso es importante James Salter. Porque su mirada no pasa por el alcoholismo ni la desesperación, sino por el retrato de matrimonios que beben martinis tras cometer una infidelidad y ducharse luego. Parejas en las que las mujeres, lejos de ser divinas, se tropiezan y trastabillan al subir la escalera, mientras él se abstrae en la visión de un cometa. Personajes que palpitan, están vivos, luchan y se enfrentan como pueden a la decadencia y a la muerte.

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