martes, 18 de octubre de 2016

“La acústica de los iglús” de Almudena Sánchez

Un magnífico debut con un libro de relatos lleno de resonancias líricas. 



En La acústica de los iglús hay relatos amables y relatos sin cuartel, que provocan poderosas guerras dentro del lector. Las historias pueden parecer corrientes, pero en ningún caso baladíes.
Y todas están recorridas por un hilo conductor, musical, una especie de música de las esferas que contiene todos los sollozos del mundo.

Empecemos. Ya desde la primera cita de Eloy Tizón que abre el libro: Hablar es un acto de desesperación, nos damos cuenta que sus historias tienen un filo desesperado. Los personajes son normales, personas como cualquiera de nosotros. Pero cargados con una maleta llena de sueños no cumplidos, de medidas desesperadas, de caminos sin retorno. La señora Smaig, por ejemplo, capaz de traer el misterio en torno a los animales a una protagonista moribunda. Es el relato que abre el libro y tras el cual, no hay tregua.

En El frío a través de los engranajes, una familia se lanza a la carretera buscando un lugar seguro en el que permanecer después de que al padre se lo tragaran las arenas movedizas. Es una suerte de road movie literaria en la que los personajes no sólo comen y duermen en el coche, sino que además maduran y adivinan que tal vez haya un entorno más amable con ellos.

Apuntes desde la bóveda celeste es tal vez el más sorprendente del volumen. Una estudiante de filosofía en paro decide aceptar un trabajo consistente en recoger basura espacial, con la idea de ganar algo de dinero y olvidarse de un exnovio. Pero el espacio implica otras dimensiones que ninguno de nosotros puede imaginar. Mientras lo leía, no podía evitar en Serenade, de Steve Miller Band.

El nadador del Hotel Minerva puede recordar a Cheever por motivos obvios, pero en realidad es otra vuelta de tuerca. La narradora se obsesiona con la figura de un nadador al que contempla desde la habitación de su motel. Según avance el cuento, los lectores también nos obsesionaremos con esa imagen sugerente.

El arte incrustrado es mi favorito del libro. Dos alumnas de piano descubrirán que las exigencias de cualquier disciplina artística pueden llegar hasta cualquier punto. No hay límite para el dolor en la búsqueda de la perfección. Tampoco para el sentimiento.

Eclipse es un destello de ciencia ficción en el que los viajes por la Tierra son ahora posibles gracias a un teleférico. Un matrimonio mayor decide viajar en él como autoregalo antes de la muerte. Un relato sobrecogedor.

Compostura: la línea imaginaria también recupera el tema de la música de la mano de un director de orquesta y de su forma de manejar el universo. Mientras que en El triunfo humano dos amigas viajen en un crucero y descubren que en él se encuentra una actriz en decadencia.

Cualquier cosa viva narra la historia de un esqueleto y un guarda de seguridad. Ya había sido publicado en la antología Bajo Treinta, pero siempre es un placer reencontrarse con él.
Se trata por tanto de un primer libro fresco y apetecible, con historias cotidianas y a la vez tremendas, capaces de sorprender un poco al lector o de propinarle un zarpazo. Ideal para aquellos que les gustan los relatos que van un paso más allá.


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